En 1575, tras ser herido en la Batalla de Lepanto, Miguel de Cervantes fue capturado por corsarios y llevado a Argel, donde permaneció una etapa en calidad de esclavo. Como llevaba carta de recomendación, fue considerado un prisionero de alto valor. Debido al gran ingenio de Cervantes para contar historias, su captor, Hasán Bajá, le permitió una suerte de lujos, como acceder a mejor comida, un espacio mejor, o incluso salir regularmente por la ciudad. Argel en ese momento era una ciudad moderna, cosmopolita y muy liberal, en contraste con la España de la Contrarreforma. Después de cinco años de arresto, pagaron su rescate, lo que le permitiría poder irse. Sin embargo, Hasán Bajá, que se había encariñado con él, le planteó dos opciones. Quedarse en Argel, donde podría estar en un entorno privilegiado, o volverse a España donde ya contaba con cierta fama y reconocimiento personal.